lunes, 5 de diciembre de 2016

Vietnam I

Ahora sí, después de la entrada sobre Kosovo, nos metemos con Vietnam, pero es que necesitaba ganar tiempo para echar un vistazo al menos a las 4.083 fotos que me he traído del país asiático. Son muchas y me llevará tiempo seleccionarlas, borrar algunas y ordenar el resto. Mientras tanto, aquí tenéis un aperitivo (más bien un brunch) con un buen puñado de ellas tal y como han salido de la cámara.

Aterrizamos en Hanoi después de un vuelo de más de diez horas desde Franakfurt, eran las seis de la mañana del día siguiente y no habíamos dormido nada, pero la ciudad nos resultó tan atractiva que aguantamos como campeones hasta la cena.


Hanoi, la capital, me encantó desde el minuto uno, con su tráfico endiablado, sus calles llenas de gente comiendo a todas horas, con sus tiendas y mercados, pagodas y templos. Visitamos la universidad más antigua de Vietnam y como buenos turistas, no nos perdimos las famosas marionetas de agua.








Si llevábamos sueño atrasado, el tren nocturno a Sapa fue la puntilla. Menos mal que aún somos jóvenes. Montañas ocultas por las nubes, mercados llenos de colorido, terrazas sin arroz, porque había sido recolectado un mes antes, senderos, cuestas y aldeas. Es una buena forma de conocer algunas de las 54 etnias del país.






En Tam Coc, la Halong del interior, descubrimos un templo adosado a una cueva además de un paisaje calcáreo espectacular. Un paseo por Hoa Lu nos permitió conocer lo que queda de esta antigua capital.








Al día siguiente nos embarcamos para conocer la fotogénica bahía de Halong, protagonista de tantas películas. Tuvimos suerte con el tiempo y disfrutamos del paisaje y del agua, tan salada, que se flota sin esfuerzo. Lo del kayak, en cambio, fue un poco más duro. La cueva de la Sorpresa nos estaba esperando con sus mejores galas.





Un vuelo interno nos llevó a Da Nang, donde no nos detuvimos, ya que nos esperaba Hoi An un poco más al sur. Visitamos casas de antiguos mercaderes y su famoso puente japonés. Las calles bullían de gente, de día y de noche. Fuimos a un huerto cercano y nos deleitamos con su variada comida. Carnes y pescados, mariscos y sobre todo, verduras y hortalizas. Todo nos supo muy rico.








Las ruinas de My Son no quedan lejos. Poco a poco las van reconstruyendo, pero aún quedan cicatrices de la guerra con los estadounidenses. Aquí y allá se observan cráteres de las bombas, ahora llenos de agua. Muchos templos quedaron destruidos para siempre.


Días antes habíamos visitado uno de los talleres en los que trabajan personas discapacitadas, víctimas de las armas químicas de una guerra que nuca debió tener lugar y que nos avergüenza a pesar de los años transcurridos.





Hoy vamos a dejarlo aquí. Seguimos dentro de unos días.